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El optimismo edulcorado es tan perjudicial como el pesimismo crónico

Tengo ante mis narices y mi escritorio un cuaderno de ejercicios que pretende ayudar a ver la vida de color rosa. Me remueve tanto a nivel interno que me he lanzado a escribir este post y romper así una lanza en favor de la melancolía, de la tristeza, de la rabia, del miedo.

La gran oferta de fórmulas que encontramos en librerías para vivir una vida feliz, nos lleva a pensar: si se requiere de tantas estrategias es porque interpretamos la vida como un campo de batalla en el que hay que procurar estar siempre bien. Partir de esta premisa como manera de estar en el mundo es, cuanto menos, agotador y debilitante.

Actualmente el negocio de los libros de autoayuda, según la revista Forbes, genera 10 mil millones de dólares al año en EE.UU. Cada vez contamos con más manuales de desarrollo personal que apelan al lector a través de diferentes enfoques, novedosos consejos, mágicas fórmulas y soluciones infalibles, ¿por qué?

Si realmente leer unos cuantos libros nos permitiese alcanzar la plenitud, el mundo ya sería muy diferente a lo que es, ¿no crees?

Se me ponen los pelos de punta cuando leo por algún blog o en la portada de algún libro “ los 10 pasos para conseguir una vida plena y feliz. ¿En serio? ¿Aún hay personas que creen en eso?

Bromas aparte, el gran problema de todo esto es que la gran mayoría (no digo todos) de estos ejemplares no dan solución a los problemas reales y cotidianos. No atinan, básicamente, porque no están pensados en base a la situación individual y única de cada persona, a su estilo de vida, a su idiosincrasia y circunstancias.

Además, la imperante necesidad que crean de entrar en una carrera de fondo extenuante con el único objetivo de mejorar progresiva, y hasta casi obligatoriamente, puede provocar culpa, agotamiento mental y, paradójicamente, sensación de fracaso y baja autoestima si no se alcanzan (algo más que probable) los estándares de excelencia que defienden.

Hemos escuchado infinidad de veces “no llores”, “tú eres fuerte, no te quejes”, “no grites que te van a escuchar”, “no te pongas así que todo el mundo te está mirando” y algunas cosas parecidas e igual de grotescas. Esta forma de verbalizar la idea, tan arraigada en muchas personas, de que lo ideal es no mostrarse vulnerable ha fomentado el nacimiento de un paradigma erróneo, bajo mi punto de vista, sobre la satisfacción, la fortaleza, el éxito, la bondad o el bienestar interno.

A veces me miran raro cuando, a mi hijo de siete años, si está triste, enfadado, dolorido o no comprende algo, le da por llorar desconsoladamente y yo le digo: “Llora hijo, llora todo lo que necesites, si es lo que te apetece”. ¿Para qué ocultar emociones que son adecuadas según el momento y experiencia que estemos atravesando?

Creo que, ahora más que nunca, se hace imprescindible abogar por la vulnerabilidad que nos hace humanos.

Es agotador, entre otras cosas, invertir tanta energía en darle la vuelta a situaciones que no son agradables o glamurosas. Resulta cínico rechazar el propio malestar o el ajeno (y no me refiero a los quejicas de profesión, a esos no hay quien los aguante).

La vida es, en sí misma, un poco caótica, desordenada, ininteligible e infinitamente más sabia que nosotros ¿acaso podemos obviar esto? Sería una falacia. Está claro que no es realista, ni sano, ni práctico, creer y esperar que la vida solo nos traiga cosas perfectas, metas alcanzadas, parejas enamoradas de por vida, hijos felices, trabajos vocacionales, salud de hierro, padres comprensivos…

Estaría bien aprender a disfrutar de la belleza cruda que esconde una gran tristeza. Podríamos dejarnos llevar más por los soliloquios enfurecidos que patean el suelo, son una gran terapia. Considero que disfrutaríamos más si acogiésemos al miedo como una emoción como cualquier otra, tan antigua como el hombre, que tiene interesantes cosas que contar… o no, quizás solo esté bien entregarnos a sentirla sin más, sin necesidad de buscar explicaciones o razones que le roben el protagonismo que merece.

Así que, hoy por hoy, si me dan a elegir, prefiero una buena tarde de melancolía cálida y honda al fulgor plastificado y ensayado de una sonrisa que, sin duda, disfraza algo que pugna por salir y que, no haciéndolo con una mueca de tristeza o enfado, lo evidencia a través de la mirada.

Llora amigo, llora. Sufre, que es de humanos. Y cuéntalo, no pasa nada, que a todos nos duele lo mismo y exponerse se está poniendo de moda.

Bibliografía:
“Antiestrategias”, Claudia Noseda.
Fotografía: Amagi.

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