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Llevaba varias semanas queriendo escribir sobre lo escurridizo que se torna el concepto de lo que venimos a llamar Tiempo y la diferencia que existe entre dejarse atropellar por él o hacerte su cómplice y sacar partido de su estatus superior, a todas luces, inamovible.

Aprender a esperar ha sido una lección continua en mi camino de evolución espiritual y terrenal. Es tan clara la importancia que ha tenido y tendrá en el orden de la existencia humana que me sentía en la obligación de dedicarle, al menos, una entrada en mi blog.

 

aprender a esperar

Podrías arrancarle la pila a tu reloj de pulsera esta misma mañana y no impedirías que llegase la noche.

Podrías encerrarte en casa con las persianas bajadas y las puertas atrancadas y a pesar de ello la luz se colaría por los resquicios al amanecer.

Podrías perderte en la montaña y vivir cual ermitaño. Aun así sabrías, sin lugar a dudas, si es invierno, primavera o verano.

Podrías incluso aislarte en un búnker, pero irías notando las arrugas en tu piel y el tono cano que adquiriría tu cabello.

El paso de las horas y los días es inexorable, indomable. Está en todo. Está dentro y por encima de nosotros.

Tal es la importancia de este concepto en el orden de la Vida, que los griegos veneraron incluso a un Dios del tiempo: Chronos. En la mitología griega se dice que gracias a su unión con Ananké (diosa de la inevitabilidad) dieron lugar a la materia sólida y que, a esta, la dividieron en tres partes: tierra, cielo y mar, provocando así la creación del universo ordenado. De esta forma Ananké y Chronos permanecen siempre unidos y conocidos como las fuerzas del destino y el tiempo, guiando el curso de los cielos y el inevitable paso del tiempo…

 

aprender a esperarPor otro lado y sin ahondar en el núcleo filosófico de este concepto, he considerado oportuno mencionar a San Agustín y cómo él se refería al tiempo:

«Si nadie me lo pregunta, lo sé; si me lo preguntan y quiero explicarlo, ya no lo sé.» 

Filósofos y otros buscadores de la Verdad, han autoproclamado su ignorancia al intentar definir, a través del lenguaje, esta vasta “red” que ni se toca, ni se ve, pero que a todos influye.

 

El entrenamiento de Vida, como sabes, adquiere sentido cuando se persiguen objetivos, del tipo que sean. Establecer tiempos definidos y concretos que marquen la pauta de evolución en una línea temporal es clave, la mayoría de las veces, para tener referencias sobre el avance adquirido y promover la perseverancia en el camino hacia el logro. La mayoría de la veces…pero no siempre.

Con base en mi propia experiencia personal y en los procesos que he guiado, he podido comprobar la importancia que tiene, no solo detectar el fogonazo del momento “perfecto”, sino lo transformador que resulta aprender a esperar cuando esa chispa del eureka no está ni se le espera.

 

“Resulta transformador aprender a esperar

cuando la chispa del eureka no está ni se le espera”.

 

Y me refiero a la espera que nada tiene que ver con la autoindulgencia o la pasividad. Hablo de esperar sabiendo que es el mejor paso, la mejor decisión, lo más oportuno, lo que tiende la alfombra roja hacia el objetivo y lo que abre la consciencia para recibir, a su debido tiempo, aquello que aún no ha de ser revelado.

La espera va de la mano de la confianza, de la entrega fiel a esa energía invisible que hace girar las manecillas del reloj. Entregarse al paso del tiempo es permitir que vierta un bálsamo sobre nuestras ideas erizadas y ávidas de ejecución para que se tornen maleables, se apacigüen y adquieran la consistencia que solo da la sobriedad de las horas o los días que pasan.

Esperar, en ocasiones, es el camino más corto que conduce a una perspectiva serena, sensata quizás y básicamente atemporal, que de eso se trata. Durante una buena espera pueden brotar acontecimientos que, de haberlos provocado desde la exigencia arrogante de algún calendario, quizás nos hubieran rehuido cual trucha resbaladiza.

Deberíamos entrenarnos en la capacidad de espera e integrar en nuestro día a día la lentitud promotora de la reflexión autocrítica.

 

“Las grandes y buenas decisiones suelen estar impregnadas de un aroma intemporal.”

 

aprender a esperar

 

¿Imaginas lo que diría una semilla si le dijeses que urge el que se convierta en un robusto nogal? Como poco—y en caso de que pudiese—soltaría una sonora carcajada. Después, probablemente, te contaría algo que seguro podría sustituir toda la palabrería humana de este post y dejar por el suelo las 12 horas que he invertido en escribir, corregir, revisar, volver a corregir, maquetar y publicar este artículo.

A la sabiduría del Tiempo hay que saber honrarla como merece, a la Vida no se le puede meter prisa.

Decía Pascal que “Toda la infelicidad de los hombres proviene de una sola cosa: no saber estar inactivos dentro de una habitación”. 

 

A veces, hay momentos en los que uno no sabe qué es lo adecuado, lo idóneo, lo válido, lo que abrirá las puertas o las cerrará definitivamente. ¿Actuar o esperar? ¿Avanzar o parar? ¿Llamar o escribir? ¿Ir o volver? ¿Saltar o tumbarse? Y nadando entre tanta duda, la gran mayoría, no tenemos ni idea sobre qué decidir.

Y entonces, ¿qué? Pues que entonces es cuando te toca por detrás la mano de la templanza—y de paso te das un susto de mil pares de narices—. Acto seguido lanzas un buen suspiro (o lo que te apetezca), te sacudes de encima ese saco de garfios que se hacen llamar signos de interrogación y concluyes que Esperar quizás no sea tan mala idea.

Tener soltura en la inactividad, en la inacción y vivirla como una fase necesaria en la construcción de nuestra identidad, es algo sobre lo que deberíamos trabajar.

Susanna Tamaro en una de sus obras más internacionales, Donde el corazón te lleve, finalizaba con estas palabras:

“Y luego, cuando ante ti se abran muchos caminos y no sepas cuál recorrer, no te metas en uno cualquiera al azar: siéntate y aguarda. Respira con la confiada profundidad con que respiraste el día en que viniste al mundo, sin permitir que nada te distraiga: aguarda y aguarda más aún. Quédate quieta, en silencio y escucha a tu corazón. Y cuando te hable, levántate y ve donde él te lleve.”

Esperar, definitivamente, no es tan mala idea.

 

 

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